Llega
a su casa un poco más calmado y se prepara un té. Enciende un cigarro y repasa
la escena de la turba. Sin duda había tenido mucha suerte. Intenta recordar en
qué otras ocasiones también había tenido suerte. Recuerda la ocasión en que
viajaron a Cartagena cuando recién comenzaban a conocerse. Iban retrasados a
tomar el bus que saldría desde la universidad. Caminaban rápido y procuraban no
soltarse de las manos. Es gracioso ahora que lo piensa. Nunca antes había sentido
tanto miedo de perder un bus. Y nunca después. Luego de un rato concluye que cada
vez que tiene la oportunidad termina asociándola a un viaje. Se sentía extraño pensar
volver a viajar con ella. Recuerda que en algún momento escribió un cuento que se
basaba en la primera vez que fue hasta su casa en Pirque. Había descubierto a
Borges y quería imitar El sur. El cuento era más bien malo y él lo sabía. Relataba
la historia de dos adolescentes que se reúnen en el centro y se les pasa la
mano con las cervezas. No quieren separarse, pero no porque quieran pasar la noche
juntos ni mucho menos. Sólo no quieren dejar de verse, o por lo menos eso le
hubiera gustado decir. El cielo se va apagando mientras la micro se acerca más
y más a la montaña. Se bajan en la mitad del camino y ya ha oscurecido
completamente. Lo toma de la mano y a medida que van acercándose a la casa, ella
le confiesa que están celebrando el cumpleaños de un familiar que hasta el día
de hoy, y por más que se esfuerce, él no puede recordar. El cuento finaliza en
el momento en que se besan bajo la entrada y ella le dice que se ve bien. Inmediatamente
piensa que fue un error mostrárselo. Busca el cuento, comienza a leerlo pero no
lo termina.
viernes, 26 de abril de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
CHIRIBOGA I
Durante un
tiempo ha estado pensando qué quiere contar. Un día resuelve que la historia
debe centrarse en un escritor frustrado que cada vez que tiene la oportunidad,
habla de lo que le gustaría escribir, pero que nunca ha escrito nada y vive
aquejado por la culpa que eso le genera. Un día cualquiera el escritor
frustrado le confiesa a su compañera que quiere escribir la historia de un
escritor sin talento que es incapaz de comenzar a escribir porque aún no puede
comprometerse con ningún epígrafe. El personaje diría: yo creo que el epígrafe es
el momento en el que está el escritor; da pistas sobre lo que estaba leyendo el
autor cuando decidió ponerse a escribir. Yo quiero escribir algo que sea bueno
desde un comienzo. Algo así debería decir, sentencia. Pero a todas luces, lo
que intenta decirle a su compañera es que sería insoportable lidiar con la
vergüenza de mostrarse y perder. Sin embargo se queda en silencio y ella no
atina a decir nada. Por un momento piensa que no debió contarle ni una sola
palabra, que lo más probable era que la historia es derechamente mala. Están
bebiendo té. Él ofrece llenarle la taza con agua y ella dice que no, que aún le
queda y en un acto mecánico se acerca la taza a la boca con las dos manos. Es
tarde, ella vive del otro lado de la ciudad y debe llegar temprano a su casa.
Él la acompaña hasta el metro y durante el trayecto hablan sobre lo que deben
hacer el día siguiente y de lo rápido que ha pasado la semana. Se despiden con
un beso en la boletería de la estación de metro y él regresa a su casa. A unos
70 metros se acerca de frente un grupo de no más de siete personas que comienza
a destruir todo lo que tiene a mano. Decide doblar en la esquina siguiente y
apura el paso, mientras a su espalda se escucha cómo la turba rompe las
ventanas de los negocios y los focos de la Alameda.
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