Ya no enciendo esa tele que iba a ser nuestra tele. Casi no veo tele porque cuando veo tele me acuerdo de ti y de cuando llorabas cuando encontrábamos algo triste allí, bajo las sábanas, casi siempre de noche. Te echo de menos, sin duda, y no sé si va a pasar. Te echo de menos todos los días y todos los días me culpo por estar dañado o roto, por haberte dañado y romperte, pese a que el tiempo se encargó de borrarme. Me hubiera gustado tanto entender la lealtad de la forma en que recuerdo tú la entendías. Han pasado tantas horas sin ti, tantas, que casi siempre pienso en cómo hubieran resultado las cosas sin mi traición. Quizá me hubieras dejado de todas formas y tarde o temprano te hubieras dado cuenta de lo poca cosa que soy, pero eso nunca lo sabremos, ¿cierto? He intentado encontrar las respuestas que buscábamos juntos, sin éxito. Entonces me pongo a escribir tonteras por acá, casi siempre en clave, cosa de que si alguna vez paso por tu cabeza, sepas que, aunque me lo he prometido tantas veces, no puedo dejar de esperar, que la felicidad me ha sido negada, que estoy entrampado y que la trampa parece eterna. No creas que no conozco el patetismo, las malas decisiones y la estupidez, convivo con eso a diario y es doloroso. Pero creo haber entendido que, por lo menos para mí, de eso se trata todo. Fue necesario apagar la tele para asimilarlo, la tele que compramos juntos, la tele que nos rebajaron porque siempre estuvo encendida, la tele que subimos a un taxi, la tele que iba a ser nuestra y que ahora no se cansa de juntar polvo.
domingo, 28 de agosto de 2011
domingo, 7 de agosto de 2011
NURY
Mi recuerdo de Nury empieza con Nury llegando junto a sus padres sobre un camión desde no sé qué lugar del sur. Comenzaba marzo y se instalaron en la casa de madera que quedaba justo enfrente de la nuestra. Ese día, mi madre nos obligó a mi hermana y a mí ir a presentarnos y darle la bienvenida. Obedientes cruzamos la calle, tocamos la puerta y Nury salió a recibirnos. Hola, somos tus vecinos, vivimos en esa casa, dijo mi hermana señalándola con el pulgar. Hola, me llamo Nury. Yo me llamo Montserrat y él es Patricio, mi hermano… ¿Quieres salir a jugar? Bajo el dintel de la puerta, Nury miró hacia el interior de su nueva casa, se volvió hacia nosotros y se excusó con una expresión que a ambos nos pareció amarga.
Cuando pienso en Nury, pienso en que no he vuelto a encontrar esos ojos. Era bella, sin duda, pero no tanto como Paulina, la niña que ostentaba ese título en la cuadra. Con mi hermana nos dirigimos a la casa de Paulina a contarle que había llegado Nury al barrio. En la pieza de Paulina y sentada sobre la cama, mi hermana se encargó de describirla en detalle. Muy morena, muy flaca, ojos raros, pero nada de fea. Paulina me miró inquisitiva y yo, desde una esquina, bajé la vista. Hay que hacerla parte del grupo, dijo Paulina. Esa tarde vimos por quinta vez It en video en el living de Paulina y con mi hermana regresamos a la casa pasadas las 10 de la noche.
Durante toda esa semana, el arribo de Nury y sus padres fue comentario obligado en todas las casas, aun cuando nadie supiera nada sobre ellos. Pero pese a la escasa información, los padres de Nury parecían buenas personas, quitadas de bulla, se diría. Ella era muy gorda y muy morena, usaba el pelo corto y vestía ropas con flores. Desde la ventana la miraba ir a comprar pan, puntual, y siempre caminaba mirando el suelo. Él, en cambio, era extremadamente flaco y su espalada estaba ligeramente encorvada, eso, sumado a que siempre andaba mal afeitado, lo hacía ver mucho más bajo, mucho más poca cosa que la madre de Nury. Siempre tuve la sensación de que el padre de Nury traía consigo esa derrota que sólo he visto en los que llevan bebiendo por mucho tiempo.
Nuestras vidas continuaron tal como hasta antes de la llegada de Nury, los ciclos de películas siguieron en la casa de Paulina, los partidos de fútbol y el pillarse se extendían hasta tarde como si no hubiera nada nuevo bajo el sol. Un día, Nury apareció en mi puerta. Hola, Patricio, ¿está Montserrat? Fui a buscar a mi hermana y le conté que la niña de enfrente la buscaba. Montserrat me miró extrañada y yo me encogí de hombros. Me quedé escuchando detrás de la puerta y Nury le preguntó si quería salir a andar en bicicleta con ella. Mi hermana asintió y fue en busca de la suya. ¿Vamos, Pato?, me dijo Montserrat y yo contesté bueno. No pasó mucho rato para que los otros niños se nos unieran. De pronto éramos ocho dándole vuelta a la manzana sin descanso, una y otra vez. Ese día supimos que Nury venía de Yumbel, que su papá era talador de árboles y, al parecer, ya no quedaban árboles en Yumbel porque se había quedado sin trabajo. ¿Echas de menos? A mi abuelita. ¿Te gusta Santiago? Sí. En poco tiempo, Nury pasó a ser una más del grupo, concitaba el interés y la atención de los niños y no había que ser muy inteligente para darse cuenta que secretamente irritaba a Paulina. Pero aquello jamás fue impedimento para que Nury participara de los juegos o de los ciclos de terror en la casa de Paulina. En ese tiempo vi muchas películas de terror. Con el tiempo entendí que no todos veían las películas. Que se apagaran las luces del living de Paulina era el inicio de una competencia, y lo que duraba la película, era el tiempo con el que contaban los varones para intentar algo con las niñas. Por lo menos de esa forma me lo explicó mi hermana y por ella supe que Paulina se había besado con Raúl y con David, que ella se había besado con Miguel y que Elizabeth se había besado con Miguel y Raúl. ¿Y Nury?, le pregunté. Con nadie, es media quedada o quizá no le gusta ninguno... Quizá le gusta el Franco, dijo después de un momento y ambos nos reímos. A nadie podía gustarle Franco. La pubertad de Franco comenzaba, su cara era una erupción y, a decir verdad, era menos que poco agraciado.
La amistad de Nury y mi hermana crecía conforme pasaban los meses. Después de que llegaba del colegio, solía encontrarlas jugando en nuestro patio, siempre en nuestro patio. Me les unía porque me fascinaba Nury y el silencio de Nury y los ojos tristes de Nury.
lunes, 1 de agosto de 2011
PARA OBJETOS SOLAMENTE
masiado para mí. Bien
sabes cómo aprecio
tu inteligencia y tu sen
sibilidad, bien sabés
la imprudente esperan
za que puse en vos,
en tu capacidad de
recuperación, en tus
esfuerzos por volve
r a la normalidad como
única y comprensible
, exigencia que te impongo
para compensar mi a
mor de tantos años, de
tantos desencantos, de
tantas hermosas y falsas
pistas. Creo que en
el fondo estarás de
acuerdo conmigo: es i
nútil insistir. Estoy
segura de que me q
uerés y que querés
mi modesta felicidad
tal como yo quiero
la tuya, pero, buen
as o malas, hay en ti
y en mí, zonas inco
mpatibles: la de tu
inevitable y morbos
a inclinación por Manuel,
y la de mi incurab
le resistencia (llamale
prejuicios, anacronis
mo lo que quieras.) a
insistir en quererte
, consciente como soy de que
no podés ni podr
ás nunca entenderte con un
cuerpo de mujer, as
í sea tan corriente como el
mío. Te juro que
miro mi propia e irrevocable
decisión con extr
aña melancolía. Acaso se deba
a que nunca h
asta ahora había querido resig-
narme a enfren
tar la realidad, que en mi caso
es sencillamente
tu realidad. Mirá si seré in-
corregible que a
quí te dejo aquel pañuelo
rojo que María
Elena me trajo de Italia y
sabes cómo aprecio
tu inteligencia y tu sen
sibilidad, bien sabés
la imprudente esperan
za que puse en vos,
en tu capacidad de
recuperación, en tus
esfuerzos por volve
r a la normalidad como
única y comprensible
, exigencia que te impongo
para compensar mi a
mor de tantos años, de
tantos desencantos, de
tantas hermosas y falsas
pistas. Creo que en
el fondo estarás de
acuerdo conmigo: es i
nútil insistir. Estoy
segura de que me q
uerés y que querés
mi modesta felicidad
tal como yo quiero
la tuya, pero, buen
as o malas, hay en ti
y en mí, zonas inco
mpatibles: la de tu
inevitable y morbos
a inclinación por Manuel,
y la de mi incurab
le resistencia (llamale
prejuicios, anacronis
mo lo que quieras.) a
insistir en quererte
, consciente como soy de que
no podés ni podr
ás nunca entenderte con un
cuerpo de mujer, as
í sea tan corriente como el
mío. Te juro que
miro mi propia e irrevocable
decisión con extr
aña melancolía. Acaso se deba
a que nunca h
asta ahora había querido resig-
narme a enfren
tar la realidad, que en mi caso
es sencillamente
tu realidad. Mirá si seré in-
corregible que a
quí te dejo aquel pañuelo
rojo que María
Elena me trajo de Italia y
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