Aquella ilusión de vida y de personalidad que nos encanta en las más bellas obras humanas, emanaba de sus formas. Una enorme carga de madera de teca oscilaba por encima de su escotilla: materia inanimada al parecer más pesada y voluminosa que cuanto había a bordo. Cuando comenzaron a bajarla, el choque de la garrucha contra una jarcia, hizo correr un leve estremecimiento por toda la fábrica, desde la línea de flotación hasta los más sutiles nerviecillos del aparejo. Realmente, parecía una crueldad cargarlo de ese modo...
domingo, 29 de mayo de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
777
Ya no está el 777, se quemó o se cayó, ¿te diste cuenta? Ya no está el 777 ni su escalera eterna donde en un momento de su descanso te besé con muchas más ganas que de un beso. Ya no está el 777 ni desde donde miramos la iglesia San Francisco. Ya no está el 777 ni las mujeres sobre la señalética de la Alameda amenzando con lanzarse si sus casas no mejoraban. Ya no está el 777, se cayó o se quemó, ahora hay vestigios infinitos. Ya no está el 777, el primer lugar. Van desapareciendo las cosas como vas desapareciendo tú. El Cine Lido y el Cine España también se esfumaron.
domingo, 1 de mayo de 2011
VACIADO DEL MIEDO
Tan de repente no. No de improviso.
Despierta en lo remoto
como un perro enroscado a un lejano rumor
o sube por los miembros como una fiebre dulce,
un quebranto apenado con burbujas de grito;
un cóncavo reflejo
que excava las entrañas mansas del animal.
Viene luego hacia fuera
y el paso se hace frágil
y el gesto como vidrios
y la sílaba torpe y el pecho de ansiedad.
Y un abismo sin techo donde pesaba el cuerpo,
en los hilos del aire o en la memoria o sombras
del henchido de nada que pugna por seguir.
Algo anida en los huecos, algo oscuro,
un fardo ya de muerte
o su muda quietud, la no invocada
cuenta:
el miedo tan extraño,
decrépito, infantil,
peor que lo temido.
Carlos Barral, en Usuras y Figuraciones (1979)
Despierta en lo remoto
como un perro enroscado a un lejano rumor
o sube por los miembros como una fiebre dulce,
un quebranto apenado con burbujas de grito;
un cóncavo reflejo
que excava las entrañas mansas del animal.
Viene luego hacia fuera
y el paso se hace frágil
y el gesto como vidrios
y la sílaba torpe y el pecho de ansiedad.
Y un abismo sin techo donde pesaba el cuerpo,
en los hilos del aire o en la memoria o sombras
del henchido de nada que pugna por seguir.
Algo anida en los huecos, algo oscuro,
un fardo ya de muerte
o su muda quietud, la no invocada
cuenta:
el miedo tan extraño,
decrépito, infantil,
peor que lo temido.
Carlos Barral, en Usuras y Figuraciones (1979)
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