Llega
a su casa un poco más calmado y se prepara un té. Enciende un cigarro y repasa
la escena de la turba. Sin duda había tenido mucha suerte. Intenta recordar en
qué otras ocasiones también había tenido suerte. Recuerda la ocasión en que
viajaron a Cartagena cuando recién comenzaban a conocerse. Iban retrasados a
tomar el bus que saldría desde la universidad. Caminaban rápido y procuraban no
soltarse de las manos. Es gracioso ahora que lo piensa. Nunca antes había sentido
tanto miedo de perder un bus. Y nunca después. Luego de un rato concluye que cada
vez que tiene la oportunidad termina asociándola a un viaje. Se sentía extraño pensar
volver a viajar con ella. Recuerda que en algún momento escribió un cuento que se
basaba en la primera vez que fue hasta su casa en Pirque. Había descubierto a
Borges y quería imitar El sur. El cuento era más bien malo y él lo sabía. Relataba
la historia de dos adolescentes que se reúnen en el centro y se les pasa la
mano con las cervezas. No quieren separarse, pero no porque quieran pasar la noche
juntos ni mucho menos. Sólo no quieren dejar de verse, o por lo menos eso le
hubiera gustado decir. El cielo se va apagando mientras la micro se acerca más
y más a la montaña. Se bajan en la mitad del camino y ya ha oscurecido
completamente. Lo toma de la mano y a medida que van acercándose a la casa, ella
le confiesa que están celebrando el cumpleaños de un familiar que hasta el día
de hoy, y por más que se esfuerce, él no puede recordar. El cuento finaliza en
el momento en que se besan bajo la entrada y ella le dice que se ve bien. Inmediatamente
piensa que fue un error mostrárselo. Busca el cuento, comienza a leerlo pero no
lo termina.
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