miércoles, 8 de mayo de 2013

jueves, 2 de mayo de 2013

CHIRIBOGA III


Recuerdo que ese día desperté temprano y la tía Ana estaba limpiando la casa. Llevaba puesto ese vestido blanco con pequeños lunares rojos, amarillos y azules, que le quedaba tan bien y que a mi hermana y a mí siempre nos llamó la atención. Lo usaba sólo en ocasiones especiales, como en nuestros cumpleaños o durante los fines de semana. Nunca para hacer el aseo ni mucho menos. Mi hermana estaba en el colegio y mis padres en el trabajo. Yo estudiaba en la tarde así que la tía Ana se quedaba conmigo hasta que el furgón amarillo pasaba por mí. Fui al baño y me lavé la cara. La saludé con un beso y la encontré extraña. Le dije que hoy tenía poca tarea. Después de desayunar me dispuse a ordenar mis cuadernos y efectivamente tenía muy poca tarea. Eran recién las once y me quedaba más de una hora para hacer lo que quisiera. En cualquier otro momento habría gastado ese tiempo dibujando o viendo televisión. Pero la Cindy, la perra de la casa, había parido su primera camada y quería salir al patio a jugar con los perros. Quería pasar el mayor tiempo posible con ellos antes de que los regalaran.

De vez en cuando la tía Ana sin motivo aparente se desmayaba. Era más bien enfermiza y con mi hermana sabíamos que por lo menos dos veces al mes debíamos estar preparados para eventualmente atenderla hasta que volviera en sí. La primera vez fue un verano. Yo estaba con mis amigos en la calle y mi hermana estaba en la casa jugando Nintendo. Nos disponíamos a comenzar un partido de fútbol cuando de pronto veo aparecer a mi hermana muy agitada y con los ojos muy abiertos: la tía Ana se desmayó, dijo. Corrí hasta la casa y cuando entré estaba tirada en la alfombra bocabajo. La dimos vuelta y le pusimos un cojín bajo la cabeza. Después fui hasta la cocina, humedecí un paño y se lo pasé por la cara. Luego de diez minutos comenzó a reaccionar. Nos hizo prometer no decir nada a nuestros padres.

La Cindy tuvo tres perros. Dos machos y una hembra. La favorita de mi hermana, por supuesto, era la perra. La bautizó Wendy. A mi favorito lo bauticé Halley. Según nuestra opinión, era más osado y mucho más ágil que su otro hermano, Arturo. A veces sólo los miraba. Otras veces los acariciaba y los hacía jugar unos con otros. Miré la hora y restaban sólo unos minutos para almorzar. Entré a la casa y no escuché a la tía Ana. Comencé a buscarla y la encontré desmayada sobre la cama de mis padres. Presumí que mientras la tendía había sufrido el desmayo. Quedó en una posición muy difícil de mover. Tenía medio cuerpo sobre la cama y el resto, las piernas, en el suelo. Con mucho esfuerzo logré subirla completamente a la cama. Luego fui a la cocina, humedecí un paño y se lo pasé por la cara. Habían pasado más de veinte minutos y no lograba hacerla reaccionar. Fui hasta mi pieza a buscar no recuerdo qué y me encontré a la entrada una botella de pisco derramada y un sinfín de pastillas esparcidas por todo el suelo. En ese momento comencé a sentir miedo. Volví a la habitación de mis padres, la tía Ana seguía inconsciente y comenzó a vomitar algo amarillo y viscoso. Me quedé paralizado bajo el dintel de la puerta sin atinar a hacer nada. Corrí hasta el living, tomé el teléfono y llamé a mi madre.

La tía Ana era fanática de Luis Miguel. Sin embargo, con mi hermana siempre nos pareció particularmente extraña esa fascinación. Muchos años después, en un viaje en metro desde la casa de nuestros padres, descubrimos que ese fanatismo era un grito desesperado por mantenerse joven. La tía Ana hace varios años había superado los treinta y cinco cuando Luis Miguel vivió el éxito de La incondicional. Sus preferencias musicales, concluimos en esa oportunidad, debían estar ligadas a Leo Dan, Sandro, Camilo Sesto, Juan Gabriel y Miguel Bosé, en ese orden. La tía Ana era soltera y yo le conocí sólo un novio: Carloncho; un tipo repulsivo que no se parecía ni un poco a Luis Miguel y que vivía a dos casas de la nuestra con su madre, la señora Lucy, quien en otro tiempo había sido muy amiga de mi abuela. Por ella supimos que Carloncho había dejado de trabajar hace mucho. Dos veces a la semana  lo pasaba a buscar una ambulancia y, luego de un rato, esa misma ambulancia lo traía de vuelta. Mi mamá nos explicó que Carloncho tenía problemas a los riñones y que esa ambulancia lo llevaba al consultorio para que una máquina lo dializara. No preguntamos más. Carloncho siempre fue el hombre casposo al que los riñones no le funcionaban y que, sin embargo, parecía cargar un dolor mucho más grande que el de sus cejas con caspa o el de sus riñones. Cuando le pregunté a la tía Ana qué había pasado con Carloncho, ella me confesó que se le había tirado al dulce y que por eso había decidido terminar con él.

Mi madre me dijo que no se me ocurriera llamar a una ambulancia ni mucho menos a los carabineros, que no me alterara y que iba para allá. Yo no estaba alterado, sólo tenía miedo. Recuerdo que desde muy niño me horrorizaba la muerte. Mis pesadillas siempre tenían que ver con la muerte o con la posibilidad de desaparecer o que desapareciera alguien a quien quería mucho. Mi madre me aconsejó que para que no tuviera pesadillas, antes de dormir siempre trajera a mi mente imágenes o escenas felices. Así, cuando me quedara dormido, soñaría sólo con imágenes y escenas felices. Para mí la felicidad eran las flores amarillas de un campo, cualquier campo, repletas de mariposas naranjas alrededor. No era una escena, quizás las mariposas revoloteaban lento, pero el campo y las flores siempre permanecieron inalterables. 

Ese día no fui al colegio. Mi padre y mi madre llegaron después de media hora, vieron a la tía Ana aún inconsciente y la subieron sin decir ni una palabra al auto. Me pasaron a dejar a la casa de mis abuelos y ellos se fueron directamente al hospital con ella. Esa fue la última vez que la vi. Mis padres nos dijeron a mi hermana y a mí que la tía Ana había vuelto a la casa de sus papás a descansar y que en un par de meses estaría de vuelta con nosotros. Años después me enteré que la tía Ana había recobrado el conocimiento en el auto en movimiento y que había abierto la puerta y se había lanzado.