Una cruz sin defensas, una cruz sin méritos, que intenta sin ganas, poco confiable, limitada, cobarde y media maricona. Un cero a la izquierda, dado a llorar, a lamentarse, con vocación de perdedor. Sin matices. Una cruz insufrible, que desiste, incapaz de ver, traicionera, quebrantable, influenciable, insegura, pero por sobre todo sin defensas.
miércoles, 30 de marzo de 2011
domingo, 20 de marzo de 2011
NUNCA NUNCA
Jamás viajamos solos, nunca acampamos, nunca hicimos fuego, nunca nos emborrachamos juntos, nunca planeamos irnos, escaparnos. Jamás te dije que por favor regresaras, jamás te pedí que nunca me dejaras. Ya se me está olvidando a qué sonaba tu voz, ya no recuerdo tu olor, se me olvidó el poema de la cebolla. Pero me sorprendo diciendo lo que decías. Todos avanzan y ha pasado tanto tiempo. No leí tanto como te prometí iba a leer mientras te espero. Cuando pienso en ti, recuerdo que un día nos despertamos en tu casa y estaba todo nevado.
jueves, 10 de marzo de 2011
DÍA 5
a) Hoy supe que Carla Rippey era amiga de Bolaño, pero primero me enteré de que Bolaño tuvo una amiga que se llamaba Carla Ripley.
b) Mi amiga colombiana me regaló una pulsera hecha con las mostacillas que soy yo.
c) Con Nicole vimos Vértigo. Y nos dio harto vértigo.
d) Mi mamá me contó que se había resfriado.
e) Creí entender que los siete días de ayuno en Caracteres Blancos eran la creación del mundo, primero, y la expulsión de Adán y Eva, después.
f) No escribí nada.
sábado, 5 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
MEA CULPA DONOSIANO
Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio el ajuste de cuentas que Bolaño hizo respecto de Donoso al volver a Chile después de veinte años. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven.
Por Rafael Gumucio
Uno de los primeros gestos de Bolaño al desembarcar en Chile, después de veinte años de ausencia, fue confesar que Donoso le parecía un autor de una "línea de flotación" bastante baja. Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio ese ajuste de cuentas. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. El escritor que escribe bien y que recibe por ello la paradójica corona envenenada del prestigio literario internacional. Donoso era el boom, pero no tenía nada del aura aventurero y húmedo de un Vargas Llosa, de un Cortázar o un García Márquez. Donoso prefería hablar de Henry James, y sus discípulos más cercanos creerse ingleses o madrileños desangelados adictos a la estructura y alérgicos a la convicción. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven. Se habla hoy con cierto romanticismo del "hombre enfermo de literatura"; Donoso era la expresión más viva de esa enfermedad literaria, una enfermedad que un escritor de veinte años no quería por nada en el mundo contagiarse.
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Ante el sufriente Donoso, adicto a la privación, a la castración, ante el ulceroso que hablaba de la novela como un síntoma de una enfermedad incurable, Bolaño era el retorno al placer, incluido el placer de sentirse desolado y abandonado en el mundo. Bolaño el lírico, pero también el sardónico, el lúcido, pero también el coqueto; era la vuelta a la energía, a las ganas, a una liviandad que sabía sin falsos pudores parecer muchas veces más profunda de lo que realmente era.
Ante el sufriente Donoso, adicto a la privación, a la castración, ante el ulceroso que hablaba de la novela como un síntoma de una enfermedad incurable, Bolaño era el retorno al placer, incluido el placer de sentirse desolado y abandonado en el mundo. Bolaño el lírico, pero también el sardónico, el lúcido, pero también el coqueto; era la vuelta a la energía, a las ganas, a una liviandad que sabía sin falsos pudores parecer muchas veces más profunda de lo que realmente era.
A esta desacralización de Donoso le siguió otra más pedestre y vulgar, pero por eso mismo más definitiva. Un periodista buceó en la correspondencia de Donoso para encontrar ahí lo que cualquier observador más o menos perspicaz ya sabía: la bisexualidad del escritor, el silencio y el disimulo con que la escondió detrás del tupido velo, el tupido velo en que tantas de sus novelas penetran. A Donoso, que sacó del clóset tantos de nuestros secretos, se lo condenó por no salir nunca él del armario. Los reporteros detestan la ambivalencia de los escritores, quizás por que la envidian profundamente. El periodismo tiene la impertinencia, y la gracia de las visitas a las que se les permite comentar el sabor de la cena y el color de las cortinas porque se sabe que se irán pronto. El escritor en cambio quema su propia casa. Faulkner vivió siempre como un gran señor sureño, de ese sur que sus novelas decorticaron hasta dejarlo en los huesos. Flaubert vivía, comía, se vestía exactamente como Bouvart y Pecuchet, sus más ridículos personajes.
No era la casa de unos vecinos, no era la familia de unos amigos, contra las que Donoso se rebelaba, sino que era su casa, y era su familia. No tenía, y eso habla de lo genuino que era su sacrificio, ninguna otra casa adonde arrancar, ninguna otra familia a la que pertenecer. La ruina de su mundo, el Chile patio adentro, que describe con lujos de detalles, no lo salva a él de la orfandad esencial que es su herencia. Donoso no se fue nunca de Santiago, ni se movió en lo profundo de los prejuicios y temores de la calle Holanda.
A Donoso el hombre, pero de alguna manera también a Donoso el escritor se le solían colgar para callado las dos palabras más chilenas de todo el vocabulario castellano. La palabra "fome", es decir aburrido, blandengue, y la palabra "siútico", es decir arribista cursilón que quiere representar algo que está destinado a no ser nunca. La fomedad y la siutiquería, la violencia subyacente detrás de esos calificativos, la profundidad metafísica que esos términos azarosos cubren es el tema principal de la obra de Donoso. Quizás esa descripción vivida y profunda de estos dos adjetivos nos duele tanto, que tendemos a atribuirle al escritor mismo los adjetivos. De alguna forma, Donoso podía ser fome, y podía ser siútico, pero logró hasta el final -con la notable Conjetura acerca de las memorias de mi tribu- escandalizar a los bien pensantes, y romper con los lazos del clan.
Frente a un siglo XXI donde la literatura se ha convertido en un comentario de buen gusto tipo Sebald o Claudio Magris, ante la ironía cómoda de los borgeanos de toda laya, Donoso representa el riesgo y la valentía del siglo XX. El siglo de Proust, de Freud, de Stanislavsky, el siglo de la apuesta, del error, del horror, contra el que no hemos logrado más que sobreponer la burla, la pedantería neoestructural, la ironía, la anécdota periodística. Pienso hoy, después de tanta agua bajo el puente, que lo que odiábamos los jóvenes, lo que despreciaba ciegamente Bolaño en Donoso, no era el gran señor conservador que hablaba de Henry James a la hora del té, sino el revolucionario implacable que fue hasta el fondo de sus pesadillas y las nuestras, y volvió casi ileso a contarnos lo que había en el reverso de todas nuestras certezas.
El Mercurio,
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