domingo, 24 de octubre de 2010

LOS DETALLES, A CONTINUACIÓN:

Llamo a mi hermana desde un teléfono público en el metro Santa Lucía, le digo que  no llegaré a dormir. Entonces, Beatriz me pide o me quita el auricular y habla con mi hermana: “Sí, se va a quedar en mi casa”, “espero que nos conozcamos pronto” y cosas así le dice. El tiempo que dura una moneda, se termina. Tomamos el metro en dirección al Sur, nos bajamos en la última estación y comenzamos un viaje en micro. La Florida y Puente Alto siempre me parecieron demasiado lejanos, fuera de mis límites, pero la mano de Beatriz en mi mano es una invitación a ser parte de esto. Y ahí, sobre la micro en movimiento, para exhibirme todo valiente y emocionado por su invitación, me hubiera gustado decirle que estábamos en Omsk, “todo esto es igual como si fuera en…, en… -y pensar en el sitio más apartado y exótico de la tierra-, igual como si fuera en Omsk, por ejemplo, y toda esta gente y nosotros fuéramos omskianos”, y Beatriz me miraría con sus ojos perfectamente ovalados y preguntaría de esa manera si quisiera quedarme para siempre en Omsk. En cambio, ese trayecto lo pasamos acurrucados, entre caricias y palabras azucaradas, disimulando las consecuencias de una resaca prematura.
La cordillera comienza a ralear y las construcciones a un costado de Vicuña Mackenna van uniformándose para dar paso a edificaciones intermitentes e imposibles de comprobar sus signos; y a medida que Puente Alto queda atrás, la tarde, luego de casi una hora de viaje, se hace noche. Esta es otra fase, me hubiera gustado pensar o decir; el camino se repleta de curvas y pendientes, pero a través de la ventana la oscuridad no deja ver lo que hay después de las curvas y las pendientes. Entiendo que hay puentes y agua bajo los puentes y que las hojas de los árboles ya ceden ante el otoño. Pero eso no lo veo. Y ante el impedimento de conversar el trayecto, con Beatriz reanudamos los besos y aumentamos la intensidad de las caricias. Según nosotros, nadie repara en mis manos que se pierden entre su ropa. No nos importa dar un espectáculo, nos conocemos hace sólo unos días y esta complicidad me parece abrumadora y eterna: “por y para siempre”. Tu problema, me diría Beatriz unos años después, es que te empeñas en alejar a la gente que te quiere. Pero ahora nos topamos de frente con los focos de los autos que parecen ojos repletos de luz que huyen, como un presagio, desde los dominios de Beatriz. Siento los ojos de Beatriz en mí. Nadie me ha gustado tanto como me gusta Beatriz.
Es acá, dice y nos bajamos de la micro.
Puede que sean pasadas las diez y la noche y el olor de la noche nunca me han parecido mejores. Beatriz busca en su bolso las llaves para abrir no sé qué, porque desde donde estamos la mayor parte del paisaje es árboles, arbustos, postes que alumbran poco y risas de personas a lo lejos, amparado todo por un cielo casi tan estrellado como el del Sur de mis antepasados inciertos. Cruzamos la calle que divide la nada y las pocas casas que, ahora entiendo, comprenden el barrio de Beatriz, mientras unos hombres a caballo le hablan y preguntan por su padre. Ella dice que está bien, que le dará sus saludos, hasta que vence el candado que abre el portón que nos lleva por un camino desnivelado y todavía más oscuro que la noche y, finalmente, hasta  la entrada de su casa. En el patio delantero hay estacionados un par de autos, y mientras los atravesamos y su perro sale a recibirnos, me comenta que acá están de fiesta, es el cumpleaños de no recuerdo quién y gran parte de su familia está celebrando. No puedo disimular el miedo, conoceré a sus padres y quién sabe a qué otras personas y, por supuesto, quiero dar una buena impresión y este olor a cantina no ayuda en nada. Pero Beatriz sabe cómo tratarme, me dice que me veo bien, presentable. Quizás, bajo el porch (esa palabra nostálgica que no he vuelto a pronunciar y que hasta hoy me arranca risas), me besa. Entramos y todo es de color melón.      

sábado, 16 de octubre de 2010

BILDUNGSROMAN I

(para C.C.)

De los pocos recuerdos que me quedan de Beatriz, conservo una carta que me escribió su hermana. Está fechada el primero de septiembre de xxxx y hasta hace un par de meses la releía para acordarme que el camino aún era de barro; para entender que el final con Beatriz tenía un comienzo y la carta de Renata lo probaba; para viajar en el tiempo, en definitiva, y detenerme en el momento justo en que todo se había ido a la mierda y quedarme ahí en silencio, sin moverme. Hoy la lectura me parece distinta. Las dos páginas escritas con letra pulcra y tinta dorada, repleta de buenos deseos, de consejos y promesas incumplidas, me llevan a un fin de semana menos nocivo, al epílogo de una tarde de sábado luminosa en el centro, después de un par de cervezas oscuras y densas, dosis suficiente como para dejar a dos niños en la frontera de la sobriedad. Los detalles, a continuación:

lunes, 11 de octubre de 2010

PROYECTO CHIRIBOGA ES

El jardín de al lado fue una novela reveladora. Quizás porque no la entiendo del todo es así: reveladora. Pero me gusta pensar que Donoso salda una deuda con el exilio y sus penitentes, que universaliza la dictadura latinoamericana desde el primer mundo y escribe como nadie ese fracaso; que ve más allá del dolor y del vacío de ese dolor, que transita por sus márgenes y los humaniza, los diluye con el propósito noble de desafiar y reírse de las heridas personales y colectivas. Me gusta creer que narra una tragedia que no le pertenece, y que, pese a eso, sólo el olor del miedo basta para inmovilizarlo. Me gusta que los personajes centrales huyan, que envidien y que siempre quieran ser otro en otro lugar. Me gusta que Julio Méndez anhele el oficio, la seguridad, el manierismo y la elegancia de Marcelo Chiriboga. Pero lo que más me gusta es que Chiriboga sea la materialización de esa imposibilidad, una mentira sin límites.