sábado, 2 de agosto de 2014

RUBIO

"En forma trágica falleció ayer (sábado 6 de diciembre de 1980) el joven poeta y egresado de Periodismo: Armando Rubio Huidobro al caer desde el sexto piso del edificio ubicado en calle Coronel Bueras 146, de la capital, por causas que se investigan.
El cuerpo de Rubio, de 25 años, fue encontrado en la madrugada de ayer por vecinos, quienes dieron aviso a la policía.
Funcionarios de Investigaciones que acudieron al lugar señalaron que el cuerpo habría caído desde la ventana del departamento 601 del citado edificio hacia un patio interior, presumiblemente por accidente.
Rubio cursó la enseñanza secundaria en el Liceo Lastarria y sus estudios de Periodismo los hizo en la Universidad de Chile".

El Mercurio, 7/12/1980

viernes, 11 de julio de 2014

TRIÁNGULO ESCALENO

para C.S.

Conocí a Paloma en la Universidad y al poco tiempo pensé que estaba bien quererla sin decírselo y que me alcanzaba con tenerla cerca. Rodrigo se nos unió después y, pese a eso, fue a él y no a mí a quien le confesó por chat que le gustaba mucho Chico Buarque. Escribió me fascina o muero por Chico Buarque y Rodrigo buscó lo más rápido que pudo información en Internet. Sin embargo, en ese cibercafé de San Pablo, decidió decir la verdad y contarle que era la primera vez que oía hablar de él.
Unos días más tarde, en el Cine España, en la oscuridad que precede a la película, Rodrigo comenzó a acariciar con su pulgar el pulgar de Paloma, esperó un poco, el tiempo suficiente como para armarse de valor, y la besó. Mucho tiempo después, cuando viajamos juntos a Buenos Aires, Paloma me contó con nostalgia que vio la película, no recordaba muy bien cuál, abrazada a Rodrigo y que al término no la invitó a nada y caminaron por Estado hasta el Metro y se sentaron frente al mural del Pasado por un rato largo y decidieron mantener esos besos en secreto. Paloma nunca supo muy bien por qué. Quizás, me dijo en la pieza del hostal, ni siquiera lo decidimos y sólo pasó.
Tuvimos que votar y la Escuela fue tomada. Ensillamos los accesos principales y pintamos lienzos que después nos encargamos de colgar en las entradas. Luego de unos días, todos los de primer año coincidimos que en los pastos de la Usach nos habíamos conocido mucho mejor que en las salas, nadie lo dijo así, pero sabíamos que esas horas de cerveza y marihuana significaban crecer un poco y de una manera parecida.
Enfrente de mí, Paloma y Rodrigo se preocupaban de no levantar sospechas, pero no llegaban a comportarse como idiotas. Cuando almorzábamos juntos, ella llevaba un termo y lo compartía con Rodrigo, y cuando se lo regresaba para que ella comiera, él se encargaba de limpiar la cuchara con una servilleta o con una hoja de cuaderno. Jamás supe por qué, ni siquiera cuando tuve la oportunidad me atreví a preguntarle a Paloma si se escondían por mi culpa, pero cuando pienso en ellos, me conforta creer que preferían estar juntos lejos del oasis de Estación Central para ahorrarse algún tipo de vergüenza.
Un día Paloma invitó a Rodrigo a su casa a desayunar, eso sí lo sé, porque lo vi. Con Paloma vivíamos relativamente cerca y el almacén donde yo compraba quedaba en la esquina de su calle. Me atormenta y me gusta pensar que tiraron durante la mañana y que luego se quedaron en la cama retozando y desnuda Paloma le confesó cuánto admiraba a su abuela: mientras Rodrigo la miraba sin poder creer que estaba entre esas sábanas, ella, probablemente, le dijo que bordaba maravilloso y que pintaba aún mejor, ese cuadro que está ahí, dijo, lo pintó ella, que tocaba guitarra y, hasta que pudo, militó en el MIR.
Luego bajaron a la cocina y prepararon tallarines con tomates enanos, se ducharon juntos y se quedaron dormidos viendo un programa en el cable. Abajo se escuchó la puerta. Los padres de Paloma habían regresado y entre risas le pidió a Rodrigo que se escondiera bajo la cama. Ni siquiera se lo cuestionó, Rodrigo se metió sin hacer ruido y volvió a quedarse dormido y no despertó hasta la madrugada. Mientras todos dormían, volvió a abrirla de piernas, o tal vez probaron otra posición, pero todo fue en silencio y despacio. Rodrigo se fue a su casa al día siguiente muy temprano pensando qué inventarle a sus padres, pero no se le ocurrió nada en ese trayecto desde La Reina hasta el poniente de Santiago.
La ropa que usaba Rodrigo contrastaba con la fauna proleta y uniformada que era la Usach. Esa especie de atrevimiento no hacía que lo odiara, hasta cierto punto lo tenía controlado y estaba bien, pero en otro contexto jamás habríamos cruzado palabra: comenzamos algo parecido a una amistad porque nos unía la devoción secreta por Paloma y aunque no fue un pacto, sí fue un hecho. Ayudaba que escuchara a los Clash. A mí también me gustaban mucho, pero a otro nivel. Rodrigo se creía Mick Jones y yo no.
A veces Paloma y Rodrigo se veían a escondidas después de asistir a las asambleas en la Escuela y caminaban horas por la Alameda o conejeaban hasta el Paseo Bulnes, el Parque Almagro, el Paseo Ahumada o hasta Santa Lucía. Hubo días en que acordaron encontrarse muy temprano en las escaleras de la Biblioteca Nacional, subir el cerro y no bajar hasta bien entrada la noche.
Esos paseos, estoy seguro, dieron lugar a conversaciones en torno a las razones de por qué habían escogido entrar a Periodismo, detalles respecto a cómo eran sus padres y en qué se ganaban la vida. No imagino qué otra cosa. Quizás hablaban sobre qué les gustaría hacer después, irse de Santiago, podría haber dicho Paloma, y Rodrigo le confesaría su admiración por McCullers y prometería entregarle un cuento de su autoría que no era otra cosa que una mala copia de La botella de plata de Capote y Paloma diría que en Valparaíso Chico Buarque sonaba distinto, que debía acompañarla un día a la casa de sus primos y subir hasta las ruinas por Cumming y perderse.
Rodrigo le confesó a Paloma que sus padres eran más bien amarillos, esa expresión utilizó, y que si bien habían votado por el NO y sistemáticamente por la Concertación, guardaron silencio durante toda la dictadura. En mi casa, antes que Rodrigo dejara la Universidad, preparando un reportaje sobre el plebiscito del ochenta que debíamos entregar para no recuerdo qué ramo, medio borracho me dijo que algo había en la redacción del reportaje que odiaba o no le gustaba, pero no sabía muy bien qué. Imagino que entender que no había posibilidad de volver atrás y que estaba destinado a comprender las cosas como su padre.
En el hostal, Paloma me contó que, en uno de esos paseos, con Rodrigo caminaron desde la Universidad hasta Bulnes. Pasaron las vitrinas de las tiendas de caza y las piletas. Entraron a la librería Gonzalo Rojas, recorrieron las estanterías pero no se llevaron o no pudieron robar nada. Después Paloma compró dos empanadas en un almacén y llegaron hasta las piedras del Parque Almagro. Me dijo que le había llamado la atención que Rodrigo se hubiera detenido frente a la estatua de Aguirre Cerda. No recuerda muy bien si dijo algo. Quizá se refirió al tamaño de la cabeza de la figura o dijo PAC en vez de Pedro Aguirre Cerda. Se sentaron y Rodrigo le dio la primera mordida a la empanada y mientras tragaba le dijo a Paloma que desde este lugar su padre había visto el bombardeo a La Moneda.
El padre de Rodrigo nació en un pueblo olvidado al sur de Yumbel. Al poco tiempo, su madre se lo entregó a su hermana y creció como un extraño en esa casa llena de niños que no eran sus hermanos. Pero lo importante no era eso y Paloma lo entendía así; esa información era la antesala de otro episodio que ocurrió durante un almuerzo en casa de unos tíos de Rodrigo: en ese momento pude entender de dónde vengo, le dijo. La cosa es que muy chico, su padre le apostó una bolsa de bolitas a su profesora. Ella estaba segura que en la elección del sesenta y cuatro Allende llegaría a la presidencia y él confiaba en que Frei ganaría. A Rodrigo no le molestó que, frente a esas personas, su padre sacara pecho por haber leído mejor que su profesora el resultado de la elección, sino que le avergonzó la simpatía, la destreza y el nivel de detalles con que contó la historia. A partir de ese momento, el relato sirvió para casi todo, desde romper el hielo hasta explicar por qué la UP había sido una mala idea, y jamás dejó pasar la oportunidad de echar mano a ella.
Cuando comenzó la UP, su tía decidió migrar a Santiago y se llevó con ella al padre de Rodrigo. Él comenzó a trabajar en un supermercado en la calle Tenderini y a estudiar de noche. Cuando terminó la enseñanza media, las cosas ya estaban muy raras en Santiago. El once de septiembre del setenta y tres, muy temprano, el dueño le dijo que se fuera a su casa y caminó por Bulnes hasta el mismo lugar donde en esos momentos Rodrigo le contaba su historia a Paloma. Desde ahí vio a los Hawker Hunter dejar caer los Sura P-3 sobre La Moneda. Después el fuego y el humo.
Nunca me gustó marchar. Siempre he pensado que ese tipo de arrebatos no vienen conmigo, que no estoy hecho del material necesario para exigir cosas en masa, que esas formas huelen a trasnoche y a panfleto y yo no soy ni un trasnochado ni menos un panfleto. Pero, al parecer, en la Usach nadie podía quedar fuera de esas peregrinaciones. Nos reuníamos en las inmediaciones del frontis y enfilábamos por la Alameda hasta llegar al Minuduc o a La Moneda.
Recuerdo la ocasión en que me encontré con Paloma en la boletería del Metro. Íbamos atrasados a la reunión en la Escuela, así que decidimos ir directamente al frontis. Desde Ecuador vimos cómo el gentío empezó a moverse. Apuramos el paso mientras intentábamos reconocer los rostros de nuestros compañeros entre la multitud. Las caras morenas se mezclaban y se desfiguraban a medida que los cantos y las consignas se hacían más ensordecedores. Pero yo me encontraba en otro lugar.
No había que mirarla mucho para precisar cuán atractiva era Paloma. Objetivamente, era mucho más bella que la mayoría de nuestras compañeras, y ahí, pisando la Alameda, ella parecía no notarlo. Un día, sin que se diera cuenta y antes de bajarse del Metro, abrí su mochila y le dejé un caset de Redolés en el bolsillo chico, pero jamás mencionó una palabra ni tampoco me lo regresó. Lo más probable es que hasta hoy no sepa que yo lo puse ahí.
Dimos con Rodrigo y corrimos hasta donde estaba. Se veía excitado y nos abrazó apenas nos vio. Hay mucha gente, dijo. Sí, la cagó, vimos incluso lienzos de universidades de Antofagasta, dijo Paloma. Nos unimos al grupo y yo intenté aprenderme lo más rápido que pude los gritos de la Universidad.
Las cosas se pusieron feas casi al llegar a La Moneda y los carabineros comenzaron a lanzar lacrimógenas; repentinamente, todo se nubló y desde nuestro lado volaron botellas con parafina y bencina que estallaron muy cerca de los carros policiales. El guanaco las emprendió en contra nuestra y los proyectiles y las piedras no tardaron en caer violentamente sobre él. Huimos rápido por Nataniel Cox y nos ocultamos tras unos autos. Los pacos comenzaron a correr calle abajo y le dije a Paloma y a Rodrigo que lo mejor era que nosotros también empezáramos a correr. Así lo hicimos. Le tomé la mano a Paloma y al llegar a Alonso de Ovalle ambos entramos a una pizzería.
Esperamos adentro un buen rato hasta que las cosas se calmaron. Ella me preguntó si había visto por donde había huido Rodrigo y le contesté que no. Paloma comenzó a mirar a través de las ventanas de la pizzería y luego bajó los ojos. Le dije que de seguro nos había adelantado cuando empezamos a correr. Si quieres, podemos volver a la Universidad y avisar al centro de alumnos, dije. Se hacía de noche y Paloma dijo no. ¿Qué quieres hacer?, pregunté.
Mientras editábamos el reportaje del Plebiscito, Rodrigo se encargó de relatarme el día en que con su padre asistieron al cierre de campaña de Lagos. No fue repentino, pero le pareció sospechosa no sólo la idea de que su padre comenzara a trabajar en la campaña sino que además decidiera formar parte de un partido político. Le ayudé a imprimir afiches, dijo Rodrigo, que entregaban en grupo en la salida del Metro, encuestas y otras cosas que se repartían durante las sesiones en el centro de reuniones.
Bajaron en Portugal y comenzaron a caminar por la Alameda. En la intersección con Namur habían instalado un escenario y el plan era quedar lo más cerca posible del espectáculo que incluiría el discurso del cierre de campaña.
El lugar estaba repleto. La gente agitaba los colores de la Concertación esperanzada en que las cosas por fin comenzarían a cambiar. Por lo menos, para Rodrigo eso significaba que el socialista ganara las elecciones. O eso quiso creer. Su padre se acercó a una persona que repartía banderas donde aparecía Lagos con los brazos cruzados y la leyenda Crecer con igualdad. Pidió dos y le entregó una a Rodrigo. Mientras se acercaban al escenario, las personas los llenaban de afiches y posters que Rodrigo no tardó en guardar en su bolso con la idea de decorar luego su pieza.
Le pregunté a Paloma si conocía algún bar por aquí y dijo que sí. Subimos la escalera larga del 777 y se instaló en una mesa cerca de la ventana desde donde se podía ver la iglesia San Francisco; yo me acerqué al mesón y pedí una Escudo y dos vasos. Bebimos la segunda cerveza y el lugar comenzó a llenarse de artesanos y vendedores que ofrecían maní o chocolates en el transporte público. Desde donde estábamos, pudimos ver que el tránsito se había normalizado y las micros y los autos a esa hora se movían sin problemas: el centro volvía a funcionar. Si en ese momento no me llevaba a Paloma a mi casa, no lo iba a hacer nunca, así que pedí otra cerveza y le pregunté si quería comer algo, pero dijo que no.
Busqué sus ojos y le pregunté en un tono cómplice si entre ella y Rodrigo pasaba algo. Me miró extrañada, como si se hubiese sorprendido o no hubiera oído completamente. Algo como qué, dijo. Estuvo a punto de decir otra cosa, pero se distrajo y se quedó pegada mirando sobre mi hombro. Me giré y vi a Rodrigo subir por las escaleras con una ceja hecha un huevo y con manchas de sangre en la polera. Se acercó hasta nosotros, apartó una silla y nos preguntó si molestaba. Casi histérica, Paloma se puso de pie y le preguntó qué le había pasado, si estaba bien, al tiempo que le tomaba el mentón y le revisaba la herida. Con una naturalidad ensayada, él dijo no fui tan rápido como ustedes y me gané un par de palos. Terminé de un trago largo mi vaso y pedí otra botella de cerveza a la mujer tras el mesón.
Rodrigo nos explicó que no pudo ver por dónde habíamos corrido y que se quedó en medio de la calle estirando el cuello tratando de encontrarnos y que después sólo vio a un paco gigante en medio de la estampida. Quizás no lo dijo así, pero eso fue lo que yo entendí. También recuerdo cómo los ojos de Paloma se encendían y yo volví a terminar mi vaso de un sorbo. Qué le vas a decir a tu papá, dijo Paloma. Que me caí, pero no me va a creer y me va a sacar la chucha, dijo Rodrigo. Te lo mereces por hijo de puta, me hubiera gustado gritarle en ese mismo lugar, pero irónico dije cómo, ¿él no es punketa como tú? No, huevón, dijo, él sólo es un huaso que cojea y sacó un cigarro arrugado de su pantalón y le hizo una seña a la mujer que atendía para que trajera otra botella.
Me dieron ganas de mear, pero no quería dejarlos solos. Íbamos en la sexta botella y estábamos borrachos, o por lo menos yo lo estaba, y temía que si me paraba al baño, en el instante, Paloma y Rodrigo iban a comenzar a besarse o, en el mejor de los casos, a tomarse las manos, a acariciarse y a compadecerse. ¿Vamos al baño?, le dije a Rodrigo. Te acompaño, dijo.
Me costaba trabajo mantener el equilibrio, sentía una presión dolorosa en las sienes y la cabeza abombada. Pasaron algunos segundos para darme cuenta que Rodrigo me sujetaba del hombro para que dejara de tambalearme y poder achuntarle al wáter. Eres una buena persona, le dije, te quiero, le dije, pero él guardó silencio. Comenzó a salir olor a porro desde el compartimento de al lado y Rodrigo me preguntó con cuánta plata andaba. Mientras meaba busqué en mi bolsillo y le pasé un par de billetes. Esperamos hasta que un tipo con los ojos inyectados en sangre salió del baño y Rodrigo le preguntó si le quedaba algo que nos pudiera vender.
Eran pasadas las tres de la mañana y creo que la noche y el frío me hicieron peor. Tengo sólo destellos de ese momento y en una de ellos aparece Rodrigo en una esquina moviendo los dedos como una ardilla y luego encendiendo el paragua y pasándoselo a Paloma. Dio vueltas un par de veces y un acceso de risa y tos seguía inmediatamente después de que se lo entregábamos a quien teníamos a la derecha. Yo sólo podía pensar en que éramos un triángulo horrible. Éramos un triángulo escaleno y estábamos destinados a desaparecer y a olvidarnos y que lo más seguro era que en un par de años, si nos encontrábamos en la calle, no nos saludaríamos. Cuando el pito se acabó, dije que iba a escribir sobre este día y hasta hoy me avergüenza haberlo dicho.


martes, 17 de junio de 2014

LA CASA PÚRPURA

No tengo capacidad de ahorro
Pero con el salario de mi trabajo vacío
Compraré una alfombra,
No tan cara, pero linda, de lana,
Quizás nueva
Para rodar protegidos junto a mi hijo
Por el parqué de la casa púrpura.
La desenvolveremos custodiados
Por el fantasma de Armando Rubio,
Entre el sofá y el computador,
Con la promesa de abrir los libros
Que ha dejado en Bueras no por descuido,
Pues cada vez que se acuerda
Me exige historias dibujadas
Y yo me aprovecho y se las cambio
Por besos de colores
Que me regresan la verdad.