miércoles, 24 de abril de 2013

CHIRIBOGA I

Durante un tiempo ha estado pensando qué quiere contar. Un día resuelve que la historia debe centrarse en un escritor frustrado que cada vez que tiene la oportunidad, habla de lo que le gustaría escribir, pero que nunca ha escrito nada y vive aquejado por la culpa que eso le genera. Un día cualquiera el escritor frustrado le confiesa a su compañera que quiere escribir la historia de un escritor sin talento que es incapaz de comenzar a escribir porque aún no puede comprometerse con ningún epígrafe. El personaje diría: yo creo que el epígrafe es el momento en el que está el escritor; da pistas sobre lo que estaba leyendo el autor cuando decidió ponerse a escribir. Yo quiero escribir algo que sea bueno desde un comienzo. Algo así debería decir, sentencia. Pero a todas luces, lo que intenta decirle a su compañera es que sería insoportable lidiar con la vergüenza de mostrarse y perder. Sin embargo se queda en silencio y ella no atina a decir nada. Por un momento piensa que no debió contarle ni una sola palabra, que lo más probable era que la historia es derechamente mala. Están bebiendo té. Él ofrece llenarle la taza con agua y ella dice que no, que aún le queda y en un acto mecánico se acerca la taza a la boca con las dos manos. Es tarde, ella vive del otro lado de la ciudad y debe llegar temprano a su casa. Él la acompaña hasta el metro y durante el trayecto hablan sobre lo que deben hacer el día siguiente y de lo rápido que ha pasado la semana. Se despiden con un beso en la boletería de la estación de metro y él regresa a su casa. A unos 70 metros se acerca de frente un grupo de no más de siete personas que comienza a destruir todo lo que tiene a mano. Decide doblar en la esquina siguiente y apura el paso, mientras a su espalda se escucha cómo la turba rompe las ventanas de los negocios y los focos de la Alameda.          

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