sábado, 19 de noviembre de 2011

EESG

UNO II

Si alguien me preguntara por qué llegué hasta Patricio Sandoval, me gustaría decir que estaba escrito, que era inevitable y debía suceder. Esos tres argumentos los diría de forma segura, sin pestañear. Pero nunca nadie me va a hacer esa pregunta. Ahora, si alguien me raptara y me hiciera confesar mi relación con Sandoval, diría que nuestra unión estaba escrita, que era inevitable y debía suceder. Nada más. Después enmudecería para siempre, que el captor hiciera conmigo lo que quisiera y me entregaría valiente al cuchillo en mi garganta (en el escenario que la amenaza estuviera supeditada a un cuchillo en mi garganta). En todo caso, prefiero creer que soy más parco, menos dramático, pero con Sandoval, una escena como la anterior funcionaría. Todo él era dolor, y pese a esa certeza, nuestro comienzo fue más simple, para mí las cosas se enturbiarían después:
Realizamos la enseñanza media en el mismo lugar, pero jamás nos vimos, o quizá sí, pero nunca hablamos ni una palabra, entre tanto cabro anónimo que circula por ese colegio y las hormonas desatadas, era poco probable que una conversación entre nosotros fuera posible, además, siempre he creído que un escenario como el Liceo Lastarria no era ni apto ni digno para conocernos. Debe ser por eso que nunca pude imaginármelo con el uniforme escolar. Después coincidimos en la Universidad, pero no fue hasta el segundo año que entendí, y sólo a partir del azar, que no sólo nuestros caminos se venían cruzando desde hacía años, sino que convertirme en su confidente estaba tallado rigurosamente en nuestra estrella. Para la cátedra de Torrijos tuvimos que preparar una entrevista, y qué mejor forma de satisfacer las ilusiones periodísticas de un montón de niños que comenzaban su formación profesional (y la morbosidad de Torrijos por conocer algo más de nuestras vidas) que entrevistarse entre ellos. El día en que se sorteó quién debía entrevistar a quién, Torrijos dividió el curso en dos, escribió en papeles los nombres del primer grupo y los restantes tuvieron que sacarlos desde un panameño. No recuerdo si Patricio sacó mi nombre o yo el de él, la cosa es que después de clases acordamos que el sábado siguiente nos encontraríamos a las cuatro en las escaleras de la Biblioteca Nacional.
Siempre me distrajo lo ajustado que usaba los pantalones. A menudo lo miraba cruzar el patio de la Escuela y no podía dejar de imaginarlo en su casa esforzándose sobre la cama poniéndoselos, mientras que con el rabillo del ojo veía el reloj sobre el velador que le advertía que ya estaba atrasado. Siempre llegó atrasado a todo. Ser punk era grito y plata entre las niñas en esa época y Sandoval llegó el primer día de clases con esa ropa y ese pelo, detalles que, por lo menos para mí, nunca pasaron desapercibidos y supuse inherentes a su personalidad. Con el tiempo fue matizando su apariencia con pilchas que usaban los New Wave, recurso que de seguro extrajo de los videos que aún exhiben en la Blondie; no obstante, los jeans ajustados siguieron allí, inamovibles en su closet durante los cinco años de carrera.
Ese sábado lo vi aparecer desde el subterráneo de la estación del metro Santa Lucía, venía con un retraso que me preocupé no hacerle notar. Nos saludamos, y ahí, en las escaleras de la biblioteca y mientras él encendía un cigarro, decidimos entrevistarnos en el cerro. Caminamos lento y para romper la incomodidad de no tener mucho en común y la vergüenza de ser compañeros y no tener nada que decirnos, hablamos de lo gracioso y ocurrente que era el profesor Torrijos en clases. Con cierto orgullo, Sandoval me comentó que había leído Tashkent y La Sinfonía Fantástica, las dos novelas que Torrijos había publicado, y que le bastaban esas novelas para entender que era un escritor de fuste. Recuerdo que usó esa palabra. La verdad es que yo sólo había leído hasta ese momento sólo los comentarios que Torrijos dejaba en mis ensayos, y muy a la pasada. Pero bastó que dijera fuste para entender que lo admiraba. Nuestra entrevista en lo más alto del cerro fue más bien breve. Lo esencial nos los confesaríamos después, mucho después.
Con el tiempo, y a medida que el curso avanzaba, Patricio pasó a convertirse en el favorito y en el protegido de Torrijos, y esa no era sólo una apreciación personal. Siempre leía sus trabajos en clases y cada cierto tiempo se encargaba de recordarnos lo bien que escribía y de lo seguro que era en cada párrafo. Incluso llegó a llamarlo Tadzio frente a todos. Pero estos halagos, contrario a lo que yo pensaba provocarían en Patricio Sandoval, sólo hacían que se ruborizara y tartamudeara cuando le pedían opinar. Es probable que el propio Sandoval no estuviera de acuerdo con la capacidad que Torrijos le concedía; quizá, y aunque nunca lo oí de él, siempre sospechó que no era la lumbrera que el profesor nos hacía creer, y esa certeza era tácita entre ambos. De cierto modo decidí guardarle el secreto y a él no pareció molestarle. En mi opinión, y luego de convertirnos en cercanos, las ficciones que leí de Sandoval no eran nada buenas. Es verdad que tenía talento para construir atmósferas y facilidad para utilizar el idioma a su antojo, pero de aquí a que fuera capaz de articular algo revelador o derechamente bueno… No, de aquello distaba mucho. Claro que esto ni siquiera se lo insinué. Dejaba que divagara en cada conversación y me conformaba con ser el interlocutor exclusivo de sus sueños.


para G.O.