sábado, 25 de enero de 2014

PALOMA II

Lo primero que Paloma le confesó por chat a Rodrigo fue que le gustaba mucho Caetano Veloso. Escribió me fascina Caetano Veloso y Rodrigo buscó lo más rápido que pudo información en Internet. Pero en ese momento decidió decir la verdad y contarle que no sabía nada de música brasileña y se sintió muy estúpido.

Unos días más tarde en el Cine España, antes de que comenzara la película, Rodrigo comenzó a acariciar con su pulgar el pulgar de Paloma y luego la besó. Tiempo después Paloma me contó que vio La secretaria abrazada a Rodrigo y que luego de la película caminaron hasta el metro Universidad de Chile y se sentaron frente al mural del sol roto por horas y decidieron mantener todo en secreto.

Nos tomamos la Usach y luego de unos días todos los de primer año coincidimos que en los pastos de la universidad nos habíamos conocido mucho mejor que en las aulas, nadie lo dijo así, pero todos sabíamos que esas horas de cerveza y marihuana significaban crecer un poco y de una manera parecida.

Frente a los demás estudiantes, Paloma y Rodrigo eran distantes sin llegar a comportarse como unos extraños. Por alguna razón preferían estar juntos lejos de la Escuela. Un día Paloma invitó a Rodrigo a desayunar a su casa y tiraron durante la mañana, luego desayunaron en la cama de Paloma y volvieron a tirar. Después de un rato bajaron a la cocina y prepararon tallarines y tomate, se ducharon juntos y se quedaron dormidos viendo una película en el cable. Abajo se escuchó la puerta de la reja. Los padres de Paloma habían regresado de trabajar y Paloma le pidió a Rodrigo que se escondiera bajo la cama. Rodrigo ni siquiera lo cuestionó, se metió sin hacer ruido y volvió a quedarse dormido y no despertó bien entrada la noche. Mientras los padres y la hermana de Paloma dormían, volvieron a tirar, pero esta vez despacio y en silencio. Rodrigo se fue a su casa al día siguiente muy temprano tramando qué decirle a sus padres, pero no se le ocurrió nada en ese trayecto en metro desde el sur hasta el poniente de Santiago.

A veces se veían a escondidas después de asistir a las reuniones que daban cuenta sobre la situación de la toma y caminaban horas por la Alameda hasta llegar al Paseo Bulnes, el Parque Almagro, el Paseo Ahumada o el Cerro Santa Lucía. Hubo días en que acordaron encontrarse muy temprano en las escaleras de la Biblioteca Nacional, subir el cerro y no bajar hasta bien entrada la noche.

Esos paseos, estoy seguro, dieron lugar a conversaciones en torno a las razones de por qué habían escogido estudiar Periodismo, la cantidad de hermanos que tenía cada uno, sus nombres, el nombre de sus padres, cómo eran y en qué se ganaban la vida. No imagino qué otra cosa. Quizá hablaban qué les gustaría hacer con sus vidas, irse de Santiago, y Rodrigo le confesaría su admiración por Capote y McCullers y Paloma diría que en Valparaíso Chico Buarque sonaba distinto, que debía acompañarla un día a la casa de sus primos y subir por Cumming hasta las ruinas, emborracharse y perderse.

No sé muy bien por qué me hice amigo de Rodrigo. Me llamó la atención la ropa que usaba. Y que le gustaran los Clash. A mí también me gustaban mucho, pero a otro nivel. Rodrigo se creía Mick Jones y yo no.

Rodrigo le confesó a Paloma que sus padres eran más bien amarillos y que si bien habían votado por el NO y por los candidatos de la Concertación, optaron por guardar silencio durante todo el régimen. Un día en su casa, Rodrigo me dijo que en ese momento se dio cuenta que algo había en esa confesión que odiaba profundamente, pero no sabía muy bien qué. Imagino que entender que no había vuelta atrás y que estaba destinado a convertirse en su padre. Pero eso nunca lo voy a saber. Los padres de Paloma eran profesores abiertamente de izquierdas y eso a Rodrigo le encantaba.

No había que mirarla mucho para entender cuán bella era Paloma. Objetivamente era mucho más linda que la mayoría de nuestras compañeras. Un día, sin que se diera cuenta y antes de bajarse, abrí su mochila en el Metro y le dejé un caset de Redolés en el bolsillo chico, pero jamás mencionó una palabra. Era despistada y estoy seguro que estuvo sinceramente enamorada de Rodrigo.

Una vez me contó que habían decidido caminar desde la universidad hasta Bulnes. Pasaron las vitrinas de las tiendas de caza y las piletas. Entraron a la librería Gonzalo Rojas y comenzaron a recorrer las estanterías. Paloma se detuvo en los cuentos de Wilde y leyó el primer párrafo de El cumpleaños de la Infanta, recorrió el lomo con el índice y preguntó cuál era el precio, pero no se lo llevó. Después Paloma compró dos empanadas en un almacén y caminaron hasta las piedras blancas del Parque Almagro. Me dijo que le había llamado la atención que Rodrigo se hubiera detenido frente a la estatua de Pedro Aguirre Cerda. No recuerda muy bien si dijo algo. Quizá se refirió al tamaño de la cabeza de la estatua o dijo algo relacionado a los vagabundos del lugar. Se sentaron y Rodrigo le dio la primera mordida a la empanada y le dijo a Paloma que desde este lugar su padre había visto el bombardeo a La Moneda.

El padre de Rodrigo creció en un pueblo pobre al sur de Concepción. Su madre era alcohólica y al poco tiempo de haber nacido se lo entregó a su hermana. El padre de Rodrigo creció como un extraño en esa casa llena de niños que no eran sus hermanos. Un día le dijo a Rodrigo que muy chico le apostó una bolsa de bolitas a su profesora. Ella estaba segura que en la elección del 64 Allende llegaría a la presidencia y él estaba confiado que Frei ganaría.

En el 66 su tía decidió migrar a Santiago y se llevó con ella al padre de Rodrigo. Él comenzó a trabajar de día en un supermercado en la calle Tenderini y a estudiar de noche. Cuando terminó la enseñanza media, las cosas ya estaban muy raras en Santiago. El 11 de septiembre del 73 muy temprano le dijeron que se fuera a su casa y él caminó por Bulnes hasta el mismo lugar donde en esos momentos su hijo le contaba su historia a su pololita. Vio a los Hawker Hunter que, minutos antes, habían despegado desde muy cerca del lugar donde había nacido y dejar caer los Sura P-3 sobre La Moneda. Después el fuego y el humo. 

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