miércoles, 1 de agosto de 2012

LA MUERTE

Los criados levantaron el catre, rodearon las tiendas verdes y bajaron la pared rocosa hasta la planicie; pasaron junto a las fogatas en la que ahora ardía una viva llama, la hierba ya consumida del todo y el viento avivando el fuego, y llegaron hasta el avión. Fue difícil subirlo, pero una vez dentro se recostó en el asiento de cuero, y la pierna quedó bien recta a un lado del asiento de Compton. Compton puso en marcha el motor y subió a la avioneta. Dijo adiós con la mano a Helen y a los criados, y a medida que el traqueteo se transformaba en el conocido rugido de siempre, dieron media vuelta, con Compie atento a los socavones hechos por los jabalíes y el rugido se extendió por la explanada delimitada por las fogatas, y la recorrieron dando botes; con el último bote alzaron el vuelo y él los vio a todos allí abajo, saludando con la mano, y el campamento situado junto a la colina, más llano ahora, y la planicie cada vez más vasta, arboledas, y la maleza allanándose y las huellas que seguían los rebaños discurrían tersas hasta las charcas secas, y había una nueva que nunca había visto. Las cebras ahora de lomos pequeños y redondeados, y los ñúes, unos puntitos cabezudos parecían ascender mientras se movían como largos dedos por la planicie, desperdigándose en cuanto la sombra los alcanzaba, qué diminutos eran ahora, y no había galope en el movimiento, y la planicie que se perdía en la distancia, ahora gris amarillenta, y delante la espalda de tweed del viejo Compie y el sombrero de fieltro marrón. Luego ya estaban sobre las primeras colinas y los ñúes saltaban hacia ellos, y luego vieron montañas con repentinas gargantas de bosques verdes y las sólidas laderas de bambú y de nuevo el espeso bosque, esculpido en cimas y depresiones hasta que lo cruzaron, y las colinas se suavizaban y apareció otra planicie, caliente ahora, de un marrón púrpura, y el calor producía un traqueteo, y Compie volvió la cabeza para ver cómo iba él. Y luego delante de ellos hubo otras montañas oscuras.
Y entonces, en lugar de ir a Arusha, giraron a la izquierda y él se dijo que tenían gasolina suficiente, y al mirar abajo vio una nube de color rosa que se deshilachaba, moviéndose sobre el suelo y en medio del aire, como la primera nieve de una tormenta que aparece de la nada, y supo que las langostas llegaban del sur. Entonces comenzaron a descender y dio la impresión de que iban hacia el este, y entonces todo se oscureció y hubo una tormenta, y el agua era tan espesa que parecía que volaran a través de una cascada, y salieron de la tormenta y Compie se volvió hacia él y le sonrió y le señaló algo con el dedo y allí, delante, todo lo que pudo ver, tan ancha como todo el mundo, inmensa, alta e increíblemente alta al sol, fue la cumbre cuadrada del Kilimanjaro. Y entonces supo que era allí a donde se dirigía.

Justo en ese momento la hiena dejó de gimotear en medio de la noche y comenzó a producir un sonido extraño, humano, casi de llanto. La mujer lo oyó y se agitó inquieta. No se despertó. Soñaba que estaba en su casa de Long Island y que era la noche antes de la presentación en sociedad de su hija. El padre de la chica estaba allí, y había sido muy grosera. Entonces la hiena emitió un sonido tan fuerte que la despertó, y por un momento no supo dónde estaba y tuvo mucho miedo. Cogió la linterna, la encendió y la dirigió hacia el otro catre que habían entrado después de que Harry se durmiera. Vio su cuerpo bajo de la mosquitera, pero había conseguido sacar la pierna del catre, y ahora le quedaba colgando. El vendaje se había deshecho y estaba en el suelo, y ella fue incapaz de mirar. 
-Molo –llamó-. ¡Molo! ¡Molo!
Entonces dijo:
-¡Harry, Harry! –y aún subió más la voz-. ¡Harry! Por favor. ¡Oh, Harry!
No hubo respuesta y no lo oyó respirar.
Fuera, la hiena emitió el mismo sonido que la había despertado. Pero ella no lo oyó por culpa de los latidos de su corazón.

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