para C.S.
Conocí a Paloma en la Universidad y al poco tiempo pensé que estaba bien quererla sin decírselo y que me alcanzaba con tenerla cerca. Rodrigo se nos unió después y, pese a eso, fue a él y no a mí a quien le confesó por chat que le gustaba mucho Chico Buarque. Escribió me fascina o muero por Chico Buarque y Rodrigo buscó lo más rápido que pudo información en Internet. Sin embargo, en ese cibercafé de San Pablo, decidió decir la verdad y contarle que era la primera vez que oía hablar de él.
Unos días
más tarde, en el Cine España, en la oscuridad que precede a la película,
Rodrigo comenzó a acariciar con su pulgar el pulgar de Paloma, esperó un poco,
el tiempo suficiente como para armarse de valor, y la besó. Mucho tiempo
después, cuando viajamos juntos a Buenos Aires, Paloma me contó con nostalgia que
vio la película, no recordaba muy bien cuál, abrazada a Rodrigo y que al
término no la invitó a nada y caminaron por Estado hasta el Metro y se sentaron
frente al mural del Pasado por un rato largo y decidieron mantener esos besos en
secreto. Paloma nunca supo muy bien por qué. Quizás, me dijo en la pieza del
hostal, ni siquiera lo decidimos y sólo pasó.
Tuvimos que
votar y la Escuela fue tomada. Ensillamos los accesos principales y pintamos
lienzos que después nos encargamos de colgar en las entradas. Luego de unos
días, todos los de primer año coincidimos que en los pastos de la Usach nos
habíamos conocido mucho mejor que en las salas, nadie lo dijo así, pero sabíamos
que esas horas de cerveza y marihuana significaban crecer un poco y de una
manera parecida.
Enfrente de
mí, Paloma y Rodrigo se preocupaban de no levantar sospechas, pero no llegaban
a comportarse como idiotas. Cuando almorzábamos juntos, ella llevaba un termo y
lo compartía con Rodrigo, y cuando se lo regresaba para que ella comiera, él se
encargaba de limpiar la cuchara con una servilleta o con una hoja de cuaderno. Jamás
supe por qué, ni siquiera cuando tuve la oportunidad me atreví a preguntarle a
Paloma si se escondían por mi culpa, pero cuando pienso en ellos, me conforta creer
que preferían estar juntos lejos del oasis de Estación Central para ahorrarse
algún tipo de vergüenza.
Un día
Paloma invitó a Rodrigo a su casa a desayunar, eso sí lo sé, porque lo vi. Con
Paloma vivíamos relativamente cerca y el almacén donde yo compraba quedaba en
la esquina de su calle. Me atormenta y me gusta pensar que tiraron durante la
mañana y que luego se quedaron en la cama retozando y desnuda Paloma le confesó
cuánto admiraba a su abuela: mientras Rodrigo la miraba sin poder creer que
estaba entre esas sábanas, ella, probablemente, le dijo que bordaba maravilloso
y que pintaba aún mejor, ese cuadro que está ahí, dijo, lo pintó ella, que
tocaba guitarra y, hasta que pudo, militó en el MIR.
Luego
bajaron a la cocina y prepararon tallarines con tomates enanos, se ducharon
juntos y se quedaron dormidos viendo un programa en el cable. Abajo se escuchó
la puerta. Los padres de Paloma habían regresado y entre risas le pidió a Rodrigo
que se escondiera bajo la cama. Ni siquiera se lo cuestionó, Rodrigo se metió
sin hacer ruido y volvió a quedarse dormido y no despertó hasta la madrugada.
Mientras todos dormían, volvió a abrirla de piernas, o tal vez probaron otra
posición, pero todo fue en silencio y despacio. Rodrigo se fue a su casa al día
siguiente muy temprano pensando qué inventarle a sus padres, pero no se le
ocurrió nada en ese trayecto desde La Reina hasta el poniente de Santiago.
La ropa que
usaba Rodrigo contrastaba con la fauna proleta y uniformada que era la Usach.
Esa especie de atrevimiento no hacía que lo odiara, hasta cierto punto lo tenía
controlado y estaba bien, pero en otro contexto jamás habríamos cruzado
palabra: comenzamos algo parecido a una amistad porque nos unía la devoción
secreta por Paloma y aunque no fue un pacto, sí fue un hecho. Ayudaba que escuchara
a los Clash. A mí también me gustaban mucho, pero a otro nivel. Rodrigo se
creía Mick Jones y yo no.
A veces Paloma
y Rodrigo se veían a escondidas después de asistir a las asambleas en la
Escuela y caminaban horas por la Alameda o conejeaban hasta el Paseo Bulnes, el
Parque Almagro, el Paseo Ahumada o hasta Santa Lucía. Hubo días en que acordaron
encontrarse muy temprano en las escaleras de la Biblioteca Nacional, subir el
cerro y no bajar hasta bien entrada la noche.
Esos paseos,
estoy seguro, dieron lugar a conversaciones en torno a las razones de por qué
habían escogido entrar a Periodismo, detalles respecto a cómo eran sus padres y
en qué se ganaban la vida. No imagino qué otra cosa. Quizás hablaban sobre qué
les gustaría hacer después, irse de Santiago, podría haber dicho Paloma, y
Rodrigo le confesaría su admiración por McCullers y prometería entregarle un
cuento de su autoría que no era otra cosa que una mala copia de La botella de
plata de Capote y Paloma diría que en Valparaíso Chico Buarque sonaba distinto,
que debía acompañarla un día a la casa de sus primos y subir hasta las ruinas
por Cumming y perderse.
Rodrigo le confesó
a Paloma que sus padres eran más bien amarillos, esa expresión utilizó, y que
si bien habían votado por el NO y sistemáticamente por la Concertación, guardaron
silencio durante toda la dictadura. En mi casa, antes que Rodrigo dejara la
Universidad, preparando un reportaje sobre el plebiscito del ochenta que
debíamos entregar para no recuerdo qué ramo, medio borracho me dijo que algo
había en la redacción del reportaje que odiaba o no le gustaba, pero no sabía
muy bien qué. Imagino que entender que no había posibilidad de volver atrás y
que estaba destinado a comprender las cosas como su padre.
En el
hostal, Paloma me contó que, en uno de esos paseos, con Rodrigo caminaron desde
la Universidad hasta Bulnes. Pasaron las vitrinas de las tiendas de caza y las
piletas. Entraron a la librería Gonzalo Rojas, recorrieron las estanterías pero
no se llevaron o no pudieron robar nada. Después Paloma compró dos empanadas en
un almacén y llegaron hasta las piedras del Parque Almagro. Me dijo que le
había llamado la atención que Rodrigo se hubiera detenido frente a la estatua
de Aguirre Cerda. No recuerda muy bien si dijo algo. Quizá se refirió al tamaño
de la cabeza de la figura o dijo PAC en vez de Pedro Aguirre Cerda. Se sentaron
y Rodrigo le dio la primera mordida a la empanada y mientras tragaba le dijo a
Paloma que desde este lugar su padre había visto el bombardeo a La Moneda.
El padre de
Rodrigo nació en un pueblo olvidado al sur de Yumbel. Al poco tiempo, su madre
se lo entregó a su hermana y creció como un
extraño en esa casa llena de niños que no eran sus hermanos. Pero lo importante
no era eso y Paloma lo entendía así; esa información era la antesala de otro
episodio que ocurrió durante un almuerzo en casa de unos tíos de Rodrigo: en
ese momento pude entender de dónde vengo, le dijo. La cosa es que muy chico, su
padre le apostó una bolsa de bolitas a su profesora. Ella estaba segura que en
la elección del sesenta y cuatro Allende llegaría a la presidencia y él confiaba
en que Frei ganaría. A Rodrigo no le molestó que, frente a esas personas, su
padre sacara pecho por haber leído mejor que su profesora el resultado de la
elección, sino que le avergonzó la simpatía, la destreza y el nivel de detalles
con que contó la historia. A partir de ese momento, el relato sirvió para casi
todo, desde romper el hielo hasta explicar por qué la UP había sido una mala
idea, y jamás dejó pasar la oportunidad de echar mano a ella.
Cuando comenzó la UP, su tía decidió migrar a
Santiago y se llevó con ella al padre de Rodrigo. Él comenzó a trabajar en un
supermercado en la calle Tenderini y a estudiar de noche. Cuando terminó la
enseñanza media, las cosas ya estaban muy raras en Santiago. El once de
septiembre del setenta y tres, muy temprano, el dueño le dijo que se fuera a su
casa y caminó por Bulnes hasta el mismo lugar donde en esos momentos Rodrigo le
contaba su historia a Paloma. Desde ahí vio a los Hawker Hunter dejar caer los
Sura P-3 sobre La Moneda. Después el fuego y el humo.
Nunca me gustó marchar. Siempre he pensado que
ese tipo de arrebatos no vienen conmigo, que no estoy hecho del material
necesario para exigir cosas en masa, que esas formas huelen a trasnoche y a
panfleto y yo no soy ni un trasnochado ni menos un panfleto. Pero, al parecer,
en la Usach nadie podía quedar fuera de esas peregrinaciones. Nos reuníamos en las
inmediaciones del frontis y enfilábamos por la Alameda hasta llegar al Minuduc
o a La Moneda.
Recuerdo la ocasión en que me encontré con
Paloma en la boletería del Metro. Íbamos atrasados a la reunión en la Escuela,
así que decidimos ir directamente al frontis. Desde Ecuador vimos cómo el
gentío empezó a moverse. Apuramos el paso mientras intentábamos reconocer los rostros
de nuestros compañeros entre la multitud. Las caras morenas se mezclaban y se desfiguraban
a medida que los cantos y las consignas se hacían más ensordecedores. Pero yo me
encontraba en otro lugar.
No había que
mirarla mucho para precisar cuán atractiva era Paloma. Objetivamente, era mucho
más bella que la mayoría de nuestras compañeras, y ahí, pisando la Alameda, ella
parecía no notarlo. Un día, sin que se diera cuenta y antes de bajarse del
Metro, abrí su mochila y le dejé un caset de Redolés en el bolsillo chico, pero
jamás mencionó una palabra ni tampoco me lo regresó. Lo más probable es que
hasta hoy no sepa que yo lo puse ahí.
Dimos con Rodrigo y corrimos hasta donde estaba.
Se veía excitado y nos abrazó apenas nos vio. Hay mucha gente, dijo. Sí, la
cagó, vimos incluso lienzos de universidades de Antofagasta, dijo Paloma. Nos
unimos al grupo y yo intenté aprenderme lo más rápido que pude los gritos de la
Universidad.
Las cosas se pusieron feas casi al llegar a La
Moneda y los carabineros comenzaron a lanzar lacrimógenas; repentinamente, todo
se nubló y desde nuestro lado volaron botellas con parafina y bencina que
estallaron muy cerca de los carros policiales. El guanaco las emprendió en
contra nuestra y los proyectiles y las piedras no tardaron en caer
violentamente sobre él. Huimos rápido por Nataniel Cox y nos ocultamos tras
unos autos. Los pacos comenzaron a correr calle abajo y le dije a Paloma y a
Rodrigo que lo mejor era que nosotros también empezáramos a correr. Así lo
hicimos. Le tomé la mano a Paloma y al llegar a Alonso de Ovalle ambos entramos
a una pizzería.
Esperamos adentro un buen rato hasta que las
cosas se calmaron. Ella me preguntó si había visto por donde había huido
Rodrigo y le contesté que no. Paloma comenzó a mirar a través de las ventanas
de la pizzería y luego bajó los ojos. Le dije que de seguro nos había
adelantado cuando empezamos a correr. Si quieres, podemos volver a la Universidad
y avisar al centro de alumnos, dije. Se hacía de noche y Paloma dijo no. ¿Qué
quieres hacer?, pregunté.
Mientras editábamos el reportaje del Plebiscito,
Rodrigo se encargó de relatarme el día en que con su padre asistieron al cierre
de campaña de Lagos. No fue repentino, pero le pareció sospechosa no sólo la
idea de que su padre comenzara a trabajar en la campaña sino que además decidiera
formar parte de un partido político. Le ayudé a imprimir afiches, dijo Rodrigo,
que entregaban en grupo en la salida del Metro, encuestas y otras cosas que se repartían
durante las sesiones en el centro de reuniones.
Bajaron en Portugal y comenzaron a caminar por
la Alameda. En la intersección con Namur habían instalado un escenario y el
plan era quedar lo más cerca posible del espectáculo que incluiría el discurso
del cierre de campaña.
El lugar estaba repleto. La gente agitaba los colores
de la Concertación esperanzada en que las cosas por fin comenzarían a cambiar. Por
lo menos, para Rodrigo eso significaba que el socialista ganara las elecciones.
O eso quiso creer. Su padre se acercó a una persona que repartía banderas donde
aparecía Lagos con los brazos cruzados y la leyenda Crecer con igualdad. Pidió
dos y le entregó una a Rodrigo. Mientras se acercaban al escenario, las personas
los llenaban de afiches y posters que Rodrigo no tardó en guardar en su bolso
con la idea de decorar luego su pieza.
Le pregunté a Paloma si conocía algún bar por
aquí y dijo que sí. Subimos la escalera larga del 777 y se instaló en una mesa
cerca de la ventana desde donde se podía ver la iglesia San Francisco; yo me
acerqué al mesón y pedí una Escudo y dos vasos. Bebimos la segunda cerveza y el
lugar comenzó a llenarse de artesanos y vendedores que ofrecían maní o
chocolates en el transporte público. Desde donde estábamos, pudimos ver que el
tránsito se había normalizado y las micros y los autos a esa hora se movían sin
problemas: el centro volvía a funcionar. Si en ese momento no me llevaba a
Paloma a mi casa, no lo iba a hacer nunca, así que pedí otra cerveza y le
pregunté si quería comer algo, pero dijo que no.
Busqué sus ojos y le pregunté en un tono cómplice si entre ella y Rodrigo
pasaba algo. Me miró extrañada, como si se hubiese sorprendido o no hubiera
oído completamente. Algo como qué, dijo. Estuvo a punto de decir otra cosa,
pero se distrajo y se quedó pegada mirando sobre mi hombro. Me giré y vi a
Rodrigo subir por las escaleras con una ceja hecha un huevo y con manchas de
sangre en la polera. Se acercó hasta nosotros, apartó una silla y nos preguntó si
molestaba. Casi histérica, Paloma se puso de pie y le preguntó qué le había
pasado, si estaba bien, al tiempo que le tomaba el mentón y le revisaba la
herida. Con una naturalidad ensayada, él dijo no fui tan rápido como ustedes y
me gané un par de palos. Terminé de un trago largo mi vaso y pedí otra botella
de cerveza a la mujer tras el mesón.
Rodrigo nos explicó que no pudo ver por dónde habíamos corrido y que se
quedó en medio de la calle estirando el cuello tratando de encontrarnos y que
después sólo vio a un paco gigante en medio de la estampida. Quizás no lo dijo
así, pero eso fue lo que yo entendí. También recuerdo cómo los ojos de Paloma
se encendían y yo volví a terminar mi vaso de un sorbo. Qué le vas a decir a tu
papá, dijo Paloma. Que me caí, pero no me va a creer y me va a sacar la chucha,
dijo Rodrigo. Te lo mereces por hijo de puta, me hubiera gustado gritarle en
ese mismo lugar, pero irónico dije cómo, ¿él no es punketa como tú? No, huevón,
dijo, él sólo es un huaso que cojea y sacó un cigarro arrugado de su pantalón y
le hizo una seña a la mujer que atendía para que trajera otra botella.
Me dieron ganas de mear, pero no quería dejarlos solos. Íbamos en la
sexta botella y estábamos borrachos, o por lo menos yo lo estaba, y temía que
si me paraba al baño, en el instante, Paloma y Rodrigo iban a comenzar a
besarse o, en el mejor de los casos, a tomarse las manos, a acariciarse y a
compadecerse. ¿Vamos al baño?, le dije a Rodrigo. Te acompaño, dijo.
Me costaba trabajo mantener el equilibrio, sentía una presión dolorosa en
las sienes y la cabeza abombada. Pasaron algunos segundos para darme cuenta que
Rodrigo me sujetaba del hombro para que dejara de tambalearme y poder
achuntarle al wáter. Eres una buena persona, le dije, te quiero, le dije, pero
él guardó silencio. Comenzó a salir olor a porro desde el compartimento de al
lado y Rodrigo me preguntó con cuánta plata andaba. Mientras meaba busqué en mi
bolsillo y le pasé un par de billetes. Esperamos hasta que un tipo con los ojos
inyectados en sangre salió del baño y Rodrigo le preguntó si le quedaba algo
que nos pudiera vender.
Eran pasadas las tres de la mañana y creo que la noche y el frío me
hicieron peor. Tengo sólo destellos de ese momento y en una de ellos aparece Rodrigo
en una esquina moviendo los dedos como una ardilla y luego encendiendo el paragua
y pasándoselo a Paloma. Dio vueltas un par de veces y un acceso de risa y tos
seguía inmediatamente después de que se lo entregábamos a quien teníamos a la
derecha. Yo sólo podía pensar en que éramos un triángulo horrible. Éramos un triángulo
escaleno y estábamos destinados a desaparecer y a olvidarnos y que lo más
seguro era que en un par de años, si nos encontrábamos en la calle, no nos saludaríamos.
Cuando el pito se acabó, dije que iba a escribir sobre este día y hasta hoy me avergüenza
haberlo dicho.
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