domingo, 28 de agosto de 2011

LA TELE

Ya no enciendo esa tele que iba a ser nuestra tele. Casi no veo tele porque cuando veo tele me acuerdo de ti y de cuando llorabas cuando encontrábamos algo triste allí, bajo las sábanas, casi siempre de noche. Te echo de menos, sin duda, y no sé si va a pasar. Te echo de menos todos los días y todos los días me culpo por estar dañado o roto, por haberte dañado y romperte, pese a que el tiempo se encargó de borrarme. Me hubiera gustado tanto entender la lealtad de la forma en que recuerdo tú la entendías. Han pasado tantas horas sin ti, tantas, que casi siempre pienso en cómo hubieran resultado las cosas sin mi traición. Quizá me hubieras dejado de todas formas y tarde o temprano te hubieras dado cuenta de lo poca cosa que soy, pero eso nunca lo sabremos, ¿cierto? He intentado encontrar las respuestas que buscábamos juntos, sin éxito. Entonces me pongo a escribir tonteras por acá, casi siempre en clave, cosa de que si alguna vez paso por tu cabeza, sepas que, aunque me lo he prometido tantas veces, no puedo dejar de esperar, que la felicidad me ha sido negada, que estoy entrampado y que la trampa parece eterna. No creas que no conozco el patetismo, las malas decisiones y la estupidez, convivo con eso a diario y es doloroso. Pero creo haber entendido que, por lo menos para mí, de eso se trata todo. Fue necesario apagar la tele para asimilarlo, la tele que compramos juntos, la tele que nos rebajaron porque siempre estuvo encendida, la tele que subimos a un taxi, la tele que iba a ser nuestra y que ahora no se cansa de juntar polvo.
      

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