lunes, 1 de noviembre de 2010

UNO

Si me obligaran a contar por qué llegué hasta Patricio Sandoval, me gustaría decir que estaba escrito, que era inevitable y que debía suceder; los tres argumentos de forma seca, que el captor pensara lo que quisiera, después enmudecería para siempre y me entregaría valiente al cuchillo en mi garganta... Prefiero creer que soy más parco, eso sí, menos histérico, pero con Sandoval una escena como la anterior funcionaría, con él todo siempre fue dolorosamente sufriente. Pero pese a esa certeza, nuestro comienzo fue más simple, para mí las cosas se enturbiaron después: 
Digamos que hicimos la enseñanza media en el mismo lugar, pero jamás nos vimos, o quizás sí, pero nunca hablamos ni una palabra, entre tanto cabro anónimo que circula por ese colegio y las hormonas desatadas, era poco probable que una conversación entre nosotros fuera posible, además, siempre he creído que un escenario como el Liceo 45 no era ni apto ni digno para conocernos. Debe ser por eso que nunca pude imaginármelo con el uniforme escolar. Después coincidimos en la universidad, pero no fue hasta el segundo año que entendí, y sólo a partir del azar, que no sólo nuestros caminos se venían cruzando desde hacía años, sino que convertirme en su confidente estaba tallado rigurosamente en nuestra estrella. Resulta que para la cátedra del profesor Martínez tuvimos que preparar una entrevista de semblanza, y qué mejor forma de satisfacer las ilusiones periodísticas de un montón de niños que no superaban los veinte años -y la morbosidad de Martínez por conocer parte de nuestras vidas- que entrevistarse entre ellos mismos. El día en que se sorteó quién debía entrevistar a quién, Martínez dividió el curso en dos, escribió en papeles los nombres del primer grupo y los restantes tuvieron que sacarlos desde un panameño traído para la ocasión. No recuerdo si Sandoval sacó mi nombre o yo el de él, la cosa es que después de clases acordamos que el sábado siguiente nos encontraríamos a las cuatro en las escaleras de la Biblioteca Nacional. 
Siempre me distrajo lo ajustado que usaba los pantalones. A menudo lo miraba cruzar el patio de la Facultad y no podía dejar de imaginarlo en su casa esforzándose sobre la cama poniéndoselos, mientras que con el rabillo del ojo veía el reloj sobre el velador que le advertía que ya estaba atrasado. Ser punk era grito y plata en esa época y Sandoval llegó el primer día de clases con esa ropa y ese pelo, detalles que, por lo menos para mí, nunca pasaron desapercibidos. Con el tiempo fue matizando su apariencia con pilchas que usaban los New Wave, recurso que de seguro extrajo de los videos que aún exhiben en la Blondie; no obstante, los jeans ajustados siguieron allí, inamovibles en su closet durante los cinco años de carrera. Ese sábado lo vi aparecer desde el subterráneo de la estación del metro Santa Lucía, venía con un retraso que me preocupé no hacerle notar. Nos saludamos, y ahí, en las escaleras de la biblioteca y mientras encendía un cigarro, decidimos entrevistarnos en el cerro. Caminamos lento y para romper la incomodidad de no tener mucho en común y quizá la vergüenza de ser compañeros y no tener nada que decirnos, hablamos de lo gracioso y ocurrente que era Martínez en clases. Con cierto orgullo, Sandoval me comentó que había leído las dos novelas que tenía publicadas y que le parecía un escritor de “fuste”. Recuerdo que usó esa palabra. La verdad es que yo sólo había leído hasta ese momento sólo los comentarios que Martínez dejaba en mis ensayos, y muy a la pasada. Pero bastó que me dijera eso para entender que lo admiraba. Con el tiempo y a medida que el curso avanzaba, Patricio pasó a convertirse en el favorito y en el protegido de Martínez, y esa no era sólo una apreciación personal. Siempre leía sus trabajos en clases y cada cierto tiempo se encargaba de recordarnos lo bien que escribía, de lo seguro que era en cada párrafo. Pero estos halagos, contrario a lo que yo pensaba provocarían en Patricio, sólo hacían que se ruborizara y tartamudeara cuando le pedían opinar. Es probable que el propio Sandoval no estuviera de acuerdo con la capacidad que Martínez le concedía; quizás, y aunque nunca lo oí de él, siempre sospechó que no era la lumbrera que el profesor nos hacía creer, y esa certeza era tácita entre ambos. De cierto modo decidí guardarle el secreto y a él no pareció molestarle. En mi opinión, y luego de convertirnos en cercanos, las ficciones que leí de Sandoval no eran nada buenas. Es verdad que tenía talento para construir atmósferas y facilidad para utilizar el idioma a su antojo, pero de aquí a que fuera capaz de articular algo revelador o derechamente bueno… Claro que esto ni siquiera se lo insinué. Dejaba que divagara en cada conversación y me conformaba con ser el interlocutor exclusivo de sus sueños.

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