Llamo a mi hermana desde un teléfono público en el metro Santa Lucía, le digo que no llegaré a dormir. Entonces, Beatriz me pide o me quita el auricular y habla con mi hermana: “Sí, se va a quedar en mi casa”, “espero que nos conozcamos pronto” y cosas así le dice. El tiempo que dura una moneda, se termina. Tomamos el metro en dirección al Sur, nos bajamos en la última estación y comenzamos un viaje en micro. La Florida y Puente Alto siempre me parecieron demasiado lejanos, fuera de mis límites, pero la mano de Beatriz en mi mano es una invitación a ser parte de esto. Y ahí, sobre la micro en movimiento, para exhibirme todo valiente y emocionado por su invitación, me hubiera gustado decirle que estábamos en Omsk, “todo esto es igual como si fuera en…, en… -y pensar en el sitio más apartado y exótico de la tierra-, igual como si fuera en Omsk, por ejemplo, y toda esta gente y nosotros fuéramos omskianos”, y Beatriz me miraría con sus ojos perfectamente ovalados y preguntaría de esa manera si quisiera quedarme para siempre en Omsk. En cambio, ese trayecto lo pasamos acurrucados, entre caricias y palabras azucaradas, disimulando las consecuencias de una resaca prematura.
La cordillera comienza a ralear y las construcciones a un costado de Vicuña Mackenna van uniformándose para dar paso a edificaciones intermitentes e imposibles de comprobar sus signos; y a medida que Puente Alto queda atrás, la tarde, luego de casi una hora de viaje, se hace noche. Esta es otra fase, me hubiera gustado pensar o decir; el camino se repleta de curvas y pendientes, pero a través de la ventana la oscuridad no deja ver lo que hay después de las curvas y las pendientes. Entiendo que hay puentes y agua bajo los puentes y que las hojas de los árboles ya ceden ante el otoño. Pero eso no lo veo. Y ante el impedimento de conversar el trayecto, con Beatriz reanudamos los besos y aumentamos la intensidad de las caricias. Según nosotros, nadie repara en mis manos que se pierden entre su ropa. No nos importa dar un espectáculo, nos conocemos hace sólo unos días y esta complicidad me parece abrumadora y eterna: “por y para siempre”. Tu problema, me diría Beatriz unos años después, es que te empeñas en alejar a la gente que te quiere. Pero ahora nos topamos de frente con los focos de los autos que parecen ojos repletos de luz que huyen, como un presagio, desde los dominios de Beatriz. Siento los ojos de Beatriz en mí. Nadie me ha gustado tanto como me gusta Beatriz.
Es acá, dice y nos bajamos de la micro.
Puede que sean pasadas las diez y la noche y el olor de la noche nunca me han parecido mejores. Beatriz busca en su bolso las llaves para abrir no sé qué, porque desde donde estamos la mayor parte del paisaje es árboles, arbustos, postes que alumbran poco y risas de personas a lo lejos, amparado todo por un cielo casi tan estrellado como el del Sur de mis antepasados inciertos. Cruzamos la calle que divide la nada y las pocas casas que, ahora entiendo, comprenden el barrio de Beatriz, mientras unos hombres a caballo le hablan y preguntan por su padre. Ella dice que está bien, que le dará sus saludos, hasta que vence el candado que abre el portón que nos lleva por un camino desnivelado y todavía más oscuro que la noche y, finalmente, hasta la entrada de su casa. En el patio delantero hay estacionados un par de autos, y mientras los atravesamos y su perro sale a recibirnos, me comenta que acá están de fiesta, es el cumpleaños de no recuerdo quién y gran parte de su familia está celebrando. No puedo disimular el miedo, conoceré a sus padres y quién sabe a qué otras personas y, por supuesto, quiero dar una buena impresión y este olor a cantina no ayuda en nada. Pero Beatriz sabe cómo tratarme, me dice que me veo bien, presentable. Quizás, bajo el porch (esa palabra nostálgica que no he vuelto a pronunciar y que hasta hoy me arranca risas), me besa. Entramos y todo es de color melón.
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